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Enfoque

Corrupción: un intangible social

Hace casi dos años tuvieron lugar en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de la Plata las “X Jornadas de Sociología”. Dos alumnos de la Universidad de Buenos Aires presentaron el trabajo de investigación “Corrupción y Sociedad. Apuntes sobre las perspectivas y experiencias.” en el que intentaron analizar la corrupción desde las concepciones e interpretaciones que realizan los agentes sociales. Este enfoque difiere del jurídico, que establece qué conductas están permitidas y cuáles no lo están.

Las prácticas corruptas aparecen en los testimonios de los grupos focales y en los juicios que se realizan en las encuestas como desaprobadas socialmente. En el discurso, nadie duda que esas prácticas están mal, tanto en términos legales como morales. Sin embargo, la corrupción se justifica de diversas maneras siendo natural, para la mayoría de las personas encuestadas en el informe, la visualización de estas prácticas dentro de un entramado social que obliga a su ejecución.

La mediatización y la banalización de la corrupción de empresarios, fuerzas de seguridad, agentes de inteligencia, dirigentes gremiales, políticos, periodistas y empleados públicos en los últimos años ha reforzado esta hipótesis. En un país en el que aparece un funcionario del Estado armado y arrojando bolsas de dinero por sobre la pared de convento para ocultarlas, un presidente con cuentas sin declarar en Bahamas, republicanos intermitentes para los que lo segundo no merece la misma consternación que lo primero y medios de comunicación que evitan referirse a hechos de este tipo es muy difícil creer nuestro propio discurso contrario a la corrupción.

La naturalización de las micro prácticas corruptas por parte de la ciudadanía se da en el marco de una trama que genera mecanismos pautados que se perciben como insalvables y las reglas corruptas se adaptan a la habitualidad del juego social.

El debate en América Latina sobre el tema de la corrupción adquirió particular relevancia durante la década de 1990. Particularmente en Argentina, la corrupción marca esta década acaparando la opinión pública y emergiendo como el principal problema instalado en los medios de comunicación y en el debate político. A partir de la instalación en los medios de una fuerte crítica al funcionamiento de las instituciones democráticas, la corrupción se instaló en los discursos cotidianos de las personas y emerge en las investigaciones académicas.

En un estudio reciente sobre la construcción de carreteras se concluyó que el costo por kilómetro en Europa es de aproximadamente 178 mil dólares. En los países latinoamericanos alcanza los 1,2 millones de dólares, es decir, casi 7 veces más.

 

La corrupción es un fenómeno multifacético, difícil de detectar, que afecta de formas muy diversas a la sociedad, pero de manera subrepticia, por lo cual la mayoría de sus ciudadanos no la perciben como generadora de muchos de los problemas que los afligen. Se parece a una enfermedad asintomática, que cuando se descubre es porque sus efectos son catastróficos e irreversibles.

Uno de los problemas más graves es que la peste de la corrupción ha alcanzado estamentos de la sociedad que aparecían en el imaginario popular como no contaminados. En los albores de diciembre de 2015, el mundo del fútbol quedó boquiabierto ante un papelón sin precedentes en una elección para presidente de su Asociación Nacional. Después de 35 años de gobierno del señor Julio Grondona en la AFA volvía a haber elecciones, pero quedaron sin efecto por una maniobra desleal. Con 75 votantes la votación termino igualada en 38. El rumor previo de la vergüenza se convirtió en realidad. Funcionarios de la Inspección General de Justicia convalidaron el fraude.

En 2003 las Naciones Unidas publicaron el documento “Acción mundial contra la corrupción” en el que establecen que “es importante no perder de vista el hecho de que la corrupción no se limita sencillamente a colmar los bolsillos de los que están en condiciones de apropiarse ilegalmente de bienes del Estado para su propio enriquecimiento o el de sus socios. Puede tener consecuencias mucho más letales.”

Agrega el documento de Naciones Unidas: “En resumen, puede concluirse que una sociedad libre de corrupción debe tener: Leyes fuertes y adecuadas, como las leyes contra la corrupción, las leyes sobre el derecho a la información y las leyes para proteger a los denunciantes; Instituciones fuertes, independientes y que funcionen adecuadamente para hacer cumplir la obligación de rendir cuentas, como los organismos investigadores o las comisiones de vigilancia; Una sociedad civil organizada y atenta que vigile la conducta de los funcionarios públicos y exponga la corrupción. Hasta que se disponga de leyes e instituciones adecuadas, es la sociedad civil la que debe llamar a cuentas a los gobiernos mediante las campañas públicas. En definitiva, es sólo un movimiento contundente de las sociedades civiles el que podría romper el círculo vicioso de la corrupción en cualquier sociedad.”