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204 años de Independencia: responsables de nuestro destino

Felipe Pigna, profesor de Historia y escritor argentino contemporáneo, presenta de esta manera la escena oficial en la Casa de Tucumán: “El martes 9 de julio de 1816 no llovía como en aquel 25 de mayo de hacía seis años. El día estaba muy soleado y a eso de las dos de la tarde los diputados del Congreso comenzaron a sesionar. A pedido del diputado por Jujuy, el Doctor en Leyes Teodoro Sánchez de Bustamante, se trató el proyecto de deliberación sobre la libertad e independencia del país. Bajo la presidencia del sanjuanino Narciso Laprida, el secretario Juan José Paso preguntó a los congresales si querían que las Provincias de la Unión fuesen una nación libre de los reyes de España y su metrópoli. Todos los diputados aprobaron por aclamación la propuesta de Paso.”

Detrás de esta declaración, como en la mayoría de los actos políticos, hubo negociaciones a espaldas de la población y de los referentes populares de la época, San Martín, Belgrano, Güemes o Artigas entre otros, a los que los representantes de los gobiernos locales dejaron de lado.

Los temas por tratar en Tucumán eran dos. El primero, el corte definitivo de la relación de dependencia con España. El segundo, el debate sobre la forma de gobierno “nacional”.

La mayoría de los congresales estaban de acuerdo en establecer una monarquía constitucional, que era la más aceptada en la Europa de la Restauración. En el mundo sólo quedaba en pie una república: los Estados Unidos de Norteamérica.

En la sesión secreta del 6 de julio de 1816, Belgrano propuso a los congresales que, en vez de buscar un príncipe europeo o volver a estar bajo la autoridad española, se estableciera una monarquía moderada, encabezada por un príncipe inca. Recibió el apoyo de San Martín y de Güemes. La idea también entusiasmó a los diputados altoperuanos, que propusieron un reino con capital en Cuzco: se daba por descontado que esto aseguraría la adhesión de los indígenas a la causa revolucionaria.

Para los porteños, la coronación del inca era inadmisible. El diputado por Buenos Aires, Tomás de Anchorena, dijo que no aceptaría a un monarca “de la casta de los chocolates, a un rey en ojotas” y propuso la federación de provincias a causa de las notables diferencias que había entre las distintas regiones.

Fray Justo Santa María de Oro, uno de los representantes por San Juan, postuló que había que consultar a los pueblos de todo el territorio antes de tomar cualquier resolución sobre la forma de gobierno, amenazando con retirarse del Congreso si no se procedía de ese modo. Las discusiones entre monárquicos y republicanos siguieron cada vez más acaloradas, sin que se llegara a ningún acuerdo.

El coronel mayor Juan Martín de Pueyrredón, que había remplazado al renunciante director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata Ignacio Álvarez Thomas, se presentó en Tucumán y presionó a los congresales para que declarasen, de una vez por todas, la Independencia.

El Acta original que reflejaba lo que se expresó en la Asamblea: “declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli” no fue la que firmaron los representantes de las “Provincias Unidas en Sud América”.

El 19 de julio de 1816, en sesión secreta, el diputado Medrano hizo aprobar una modificación a la fórmula del juramento: Donde decía «independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli», se añadió: "...y toda otra dominación extranjera"

Los ideólogos de la histórica declaración no se animaron a dar a conocer el acta original al Ejército, todavía dirigido por el General San Martín y que estaba al tanto de las gestiones ocultas que involucraban a algunos congresales y al propio Álvarez Thomas para entregar las provincias, independientes de España, al dominio de Portugal o Inglaterra.

Pasaron luego del Día de la Independencia treinta y siete años para que la Nación Argentina adopte una forma de gobierno, la Representativa, Republicana y Federal. La Constitución nacional fue sancionada recién en 1853, luego de un período de batallas y disputas por el ejercicio del poder que dejó vacante la declaración de Tucumán. Ese tiempo fue el que demandó coronar la decisión de separar políticamente a la Argentina del resto de Sudamérica.

A más de doscientos años de la declaración de la Independencia y de un siglo y medio de habernos constituido como Nación queda mucho por llevar a la práctica de la letra y el espíritu de los documentos históricos que dan cuenta de estas elecciones soberanas.

La responsabilidad de todos los argentinos, en el marco del compromiso social que exige la Independencia, pasa por no traicionar los valores ciudadanos.

Los escándalos de corrupción a los que asistimos día a día, que protagonizan sin excepción dirigentes y gobernantes que nos representan o que nos representaron, deberían hacernos reflexionar sobre la relevancia de la declaración de 1816.

 

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